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EDWIN MOSES Campeón olímpico de 400 metros vallas (Montreal76 y Los Ángeles84)

ENTREVISTA de Juan José Mateo a Edwin Moses, muy interesante, me gustaría que más atletas profesionales fueran así.




Tras ganar la final de los 400 metros vallas en los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 1984, Edwin Moses, nacido en Dayton (Ohio, Estados Unidos) en 1955, vio cómo su mujer y su madre lloraban, cómo le abrazaban y le hablaban de su padre, fallecido ese año. El mundo descubrió entonces que Moses, imbatido durante 122 carreras consecutivas, dos veces campeón olímpico y mundial y cuatro plusmarquista del mundo, también era humano. Licenciado en Física e Ingeniería, es hoy presidente de la Academia Laureus para el Deporte y sigue tan fino como cuando verle competir era sinónimo de verle vencer.

Pregunta. El jamaicano Usain Bolt gana con metros de ventaja.

Respuesta. Nada nuevo bajo el sol. Yo ganaba ya así hace 30 años.


P. Entonces, ¿qué ha cambiado en el atletismo y los atletas?

R. La misma naturaleza de la relación con los agentes y los patrocinadores ha convertido a los atletas de hoy en gente mucho más desconectada de lo que les rodea. Tienen un reality show, un programa televisivo en la cabeza todo el tiempo. Tienen su papel y ese papel, a veces, es el de una personalidad poco profunda. Ahora son mucho menos serios que antes respecto a cualquier cosa que no sea su carrera. Cuando yo empecé, todos tenían una educación universitaria. Teníamos retos intelectuales. Hoy, en el deporte, ves cómo reclutan a niños de 12 años para jugar al fútbol americano. Esos chavales nunca reciben una educación. No tiene sentido. No creo que todos deban tomar una posición política, pero hay una gran diferencia intelectual.


P. ¿Qué es lo que echa de menos en sus viajes?

R. Mis libros. Solía leer cualquier novela; luego, libros científicos, y más tarde, de análisis sobre política internacional.



P. Habla como los protagonistas de Big Bang, los científicos de una serie televisiva que, de tan raros, no ligan con ninguna mujer.

R. ¿Físicos sin ligar? Eso no es verdad. Los físicos dirigen compañías, países, empresas... Comprendemos muchas cosas. Prácticas y teóricas. Creo que más que la gente normal.


P. ¿Tan diferentes eran ustedes de los atletas de ahora?

R. Yo vi mucho mundo. Nunca fui el tipo de atleta que viaja a las competiciones y se queda en el hotel escuchando música. Siempre salía a la ciudad a ver qué estaba pasando por ahí. Vengo de una familia acostumbrada a servir a la comunidad. Yo tenía que ser voluntario para ese tipo de trabajos durante el verano. Así que nada me resultaba extraño. Ya viajaba fuera de mi país con 14 años. Ahora tengo la oportunidad de liderar una gran organización, Laureus, que empezó de cero. Me ha dado la oportunidad de hacer cosas que nunca habría pensado que haría. Hay muchos niños y muchas caras que me han conmovido en nuestros proyectos. Lo más importante es que hemos marcado una diferencia. El aislamiento es una cosa muy estadounidense, pero yo he vivido una vida internacional. La educación tiene mucho que ver con cómo percibes la vida.


P. En un mítin en Madrid en 1987 dejó usted de ser invencible tras nueve años. ¿Qué recuerda?

R. No mucho. Lo he visto en vídeo, pero...

P. Tropieza en la última valla, aprieta y...

R. He olvidado todo eso.

P. ¿Por qué?

R. Estaba enfermo. Nunca debí correr esa carrera. Llevaba tres días encontrándome mal. Eso es algo que nadie sabe. Tenía mal el estómago. Me había sentado mal la comida. Había corrido en Bolonia y me había puesto malo porque comí un pescado en mal estado.


P. ¿Se siente un revolucionario?

R. Mucho. Nadie utilizaba hielo como terapia diaria. Ahora todo el mundo lo usa, igual que los estiramientos que yo hacía. En los años ochenta, pensaban que estaba loco. ¿Por qué sentarse en hielo? Lo investigué y funcionó. Ser estudiante me ayudó en ese tipo de cosas, aunque no tienes que saber construir cohetes para comprenderlas. Tu cuerpo es tu fuente de ingresos. La mayoría de los atletas eran adictos a entrenadores, agentes... Yo, no. Todo lo hacía solo y por mí mismo. Nadie me tuvo que obligar a hacer nada o a levantarme por la mañana.


P. Siempre investigaba.

R. Fui a Finlandia a buscar a los que habían hecho el primer monitor de ritmo cardiaco. Creo que aún tengo el original, el que hicieron antes de que saliera al mercado. Entonces se hacía todo a mano. Cogía los datos de ese monitor, los del entrenamiento. Los escribía en una libreta y los estudiaba. Ahora eso se hace con wifi. Yo tenía que coger un metro y medir lo que iba a correr después de andar dos millas [3,2 kilómetros]. Hoy, coges un GPS y ves lo rápido que corres por kilómetro, la relación de tu ritmo cardiaco con la elevación... Yo eso lo hacía a mano. Ahora tienen tanta información que la mayoría no es consciente de las herramientas a su disposición. Muchos ni saben sus pulsaciones o el estrés que puede afrontar su cuerpo. A mí era muy difícil ganarme: estaba siempre a tope.


P. ¿Difícil?

R. Imposible. Es la verdad.


P. ¿Cuánto le debe a su ego?

R. El ego debe desaparecer cuando pisas la línea de salida en el entrenamiento. ¿Qué me hacía entrenarme todos los días? Que era el mejor y quería seguir siéndolo. En mi primera carrera vi que lo más eficaz para mí era emplear 13 pasos. Mi zancada era más amplia que la de los demás y me entrenaba con más dureza que nadie para asegurarme de que siguiera siendo así. Desarrollé mucha fuerza por mi particular estilo. Para mí, lo importante no eran las carreras. Era un estilo de vida interesante. Echo de menos el reto diario del entrenamiento.